Os comparto un microrrelato sobre la amistad, nuestras memorias...
El niño o niña que todos llevamos dentro no admite paso del tiempo...
El pan con chocolateOs comparto un microrrelato sobre la amistad, nuestras memorias...
El niño o niña que todos llevamos dentro no admite paso del tiempo...
MARION, MARIONETA de María Auxiliadora Martínez Ruiz, 2025
Eloísa cruza el puente con su
gran baúl sobre ruedas y la melena recogida bajo su eterna boina francesa. A la
cabecera del baúl reza: La voluntad.
En la Avenida de la Constitución, delante del
bello edificio La Adriática, conecta una canción, abre su baúl y descorre el
telón. Aparece entonces la orquesta: Max
con su saxo, Bernardo al teclado, Geco a la batería, y la preciosa Marion al
micrófono, vestida de lentejuelas. Bajo los dedos hábiles de la marionetista,
todo parece cobrar vida: ellos tocan realmente y ella, verdaderamente, canta y
baila, hondeando grácil la cintura.
Solo soy una espectadora
indiferente que pasaba por allí; pero me sorprendo disfrutando. No quiero que se acabe. La chica pasa la gorra
y yo deslizo unas monedas. Marion y Eloísa me hacen una gentil reverencia.
Yo les doy las gracias con la
mano en el corazón, por abrir un cielo azul en este día en que una negra
tormenta ha quebrado la empresa en que trabajaba.
Mirándola a ella, sé que la vida
sigue. Ya no danzo bajo los hilos de la
suerte. ¡Que me sorprenda el amanecer!
Una curiosidad: En principio la obra trataba de una madre con un niño, pintada durante el siglo XIX, cuyo original, según se dice, se perdió en un naufragio. Curiosamente, fue la devoción popular la que le dio el significado actual convirtiéndola así en la Virgen con el Niño.
OTOÑO, de María Auxiliadora Martínez Ruiz
El Haiku que os dejo para el otoño
que comienza, pertenece a la serie que compuse «Estaciones de la vida en
Haikus».
Esta época del año, como les pasa a
la mayoría, me lleva en volandas a la niñez; igual que el aire lleva a las hojas
secas que crujen luego alegres bajo los pies. Ese dorado en el ambiente, cálido
aún, y las primeras brisas, cuando todavía no te abrigas la piel; no te haces
la idea, pero refresca…Sabes que, en adelante, no será el sol intenso, sino que
tornará tímido; y en ocasiones, el olor a tierra mojada te empapará el alma y
esperarás la lluvia, que falta hace. Llueve, llueve, pero déjame ver algo de
sol porque soy de una tierra de luz; soy del sur. Y a vosotros, ¿Qué recuerdos
os remueve el Otoño?
Mi amiga, la pintora Isa Mantero, me ha obsequiado con este regalo. Cuando lo abrí, me vi a mí misma por dentro y por fuera, con mis luces y mis sombras, ni una más, ni una menos. El regalo ha sido doble porque me has pintado sonriendo, para recordarme cómo me gusta mirar a la vida. Gracias, amiga, un gran abrazo.
Vivir la Navidad
La Navidad...Ha nacido el Amor, aunque el amor nunca muere, va con nosotros. Cuando era niña me encantaba esta época del año. Mi tía y su neceser inauguraban
cada Navidad, trayendo consigo el brasero de cisco, el aroma a incienso y alhucema,
a las rosquillas de limón y los pestiños que mamá y ella preparaban en la
cocina, y, como no, el sabor de la masa cruda que mi hermana y yo rebañábamos
del cacharro; mi padre y mi abuelo montando el nacimiento; las calles adornadas
de luces, los escaparates navideños, el humo de las castañas, las colas
infinitas para ver los belenes y un globo atado a la muñeca.
Mis ojos saltaban del globo a las caras de la gente; Niños como yo, ilusionados
con la noche mágica, con su “carta de Reyes” en la mano. Padres que sonreían a
sus hijos o los tomaban sobre sus hombros para mostrarles los espectáculos de
calle; impagables miradas de asombro...
Me cruzaba con los rostros de gente mayor, ensimismados unos, sonrientes
otros; de esos que les “tiran de la lengua” a los más pequeños por hacerse
pequeños con ellos…
Estaba segura de que cada una de esas personas esperaba con ansias el Belén,
los villancicos, los dulces, la noche mágica…sin sospechar que la mayoría ya
llevaba surcos en el corazón; unos más superficiales y otros más profundos. El
mío aún no había sido tocado por el dolor; estaba nuevo, apenas podía esperar,
empujaba los días...
Hoy, formo parte de ese grupo de los adultos, que pueden compaginar la
alegría con un corazón marcado; que acepta un momento para cada cosa y para
quien el regalo verdadero es poder compartir el instante presente. Hoy los
aditivos se diluyen y queda solo la esencia.
Te deseo, aún en los momentos difíciles, una Navidad donde no falte el
abrazo que te haga llegar todos los abrazos pasados y futuros. Te deseo una
Navidad presente.
Miles de universos fantásticos aparecen en lo que dura un pestañeo; tras un espejo, bajo el agua, o a través de una lente. Mundos que nuestra mente crea a su antojo, viajes sin pasaje de ida y vuelta... sin más equipaje que lo que somos capaces de imaginar.
Otra vez, un dibujo de mi amiga, la pintora Isa Mantero, ha servido de hilo conductor a un nuevo cuento. Te propongo ahora un breve viaje a algún lugar de tu fantasía.
«El
encuadre es absolutamente precioso, la forma en que incide la luz en el agua, y
las coloridas casas de los pescadores... Sin duda ha sido buena idea viajar
hasta aquí. Mejor tomo la fotografía desde este ángulo». Giro el objetivo y, justo
en el momento en que disparo, una mano toca mi hombro.
—Oiga,
señor, te vendo una conchita gratis —. Una niña me está mirando con sus grandes
ojos. Entre las manos, lleva una caja de cartón y dentro, unas cuantas conchas
recogidas de la playa —. ¿Estás haciendo una foto?
—Esto
no es una cámara —. Decido iniciar el juego.
—¿Qué
es?
—Es
una puerta a un lugar mágico ¿Quieres mirar? —. Ella, inocente, me devuelve un
gesto afirmativo y se asoma.
—¡Wow!
Es alucinante ¿Yo puedo entrar ahí?
—Claro,
solo tienes que darle aquí, a este pulsador. Te mostraré cómo.
Miro
a través de la pantalla digital de la cámara y simplemente, no puedo creer lo
que veo. Lo que estoy contemplando es una perspectiva en blanco y negro del
mismo lugar en donde me hallo de pie. No es que se le haya ido el color ¡es que
son trazos! Observo mis manos, las muevo…
No hay duda, se trata de un dibujo animado. Estoy dentro. Me pregunto cómo es posible.
—
¿Hay alguien aquí? —nadie me contesta.
Miro
a mi alrededor y se me antoja sacado de uno de los comics que leía de pequeño.
Entonces, delante de mí, advierto una masa oscura, un borrón que se va
transfigurando en una silueta. Es una joven de melena larga y porte enérgico
que, embutida en unos Jeans, me lanza una mirada de angustia. Sólo pronuncia
una palabra:
—¡Corre!
Otras
figuras comienzan a tomar forma, hombres, mujeres, niños, todos con la misma
inquietud en el rostro. Vienen en tromba hacia mí. Instintivamente, levanto las
manos a modo de parapeto. Uno de ellos, me toma por los hombros y me dirige
hacia el lado contrario.
—¡Corra,
hombre de Dios, que ya está aquí!
Intuyo
el peligro, se me acelera el corazón; me rindo al momento; doy las zancadas que
mis piernas me permiten, entre una masa de gente que huye hacia el agua. Nos introducimos
más o menos hasta la cintura; quedamos quietos como esculturas en medio de las
olas que se empeñan en demostrar que no somos rocas.
—¿Por qué nos quedamos aquí?
—Porque
así no puede olfatearnos
—¿Quién?
—El
Calambo, un monstruo.
—Pero
nos verá —. Sonrío con ironía y él me devuelve la misma expresión.
—No
tiene ojos —me susurra.
Es
cuando paso de la incredulidad al pavor. Me quedo mudo al verlo aparecer tras
las casas de los pescadores. Se mueve como un felino de dimensiones inauditas.
Su negro pelaje brilla al sol. Efectivamente, no distingo sus ojos, pero sí
unos largos y finos bigotes que terminan en pequeñas voluptuosidades que, puedo
imaginar, son sensores olfativos. Se queda parado, huele el aire, mueve la
cabeza en distintas direcciones…Sus orejas, pequeñas y curvadas, giran también
como un perfecto radar.
Cada
uno de nosotros lleva el miedo incrustado en cada fibra del cuerpo. Uno de los
niños del grupo, hace ademán de llorar y todos nos encogemos, menos el hombre
que me habló momentos antes, que se gira con sigilo hacia el pequeño y le
coloca el dedo sobre los labios —shhhh”. — La madre, lo vuelve hacia sí
y lo abraza. El niño se traga las lágrimas a la par que los demás suspiramos.
La bestia avanza palpando el
terreno, fiero y delicado a la vez. Siento el sudor resbalando por mi frente
mientras los pies se me congelan bajo el agua. A pesar de todo, es un animal
tan hermoso que mis manos actúan por su cuenta. Noto la adrenalina; levanto la
cámara, enfoco y disparo. Al simple “click” sigue un rugido que nos hace
tambalear.
—¡Nos
ha descubierto, salid del agua! ¿En qué pensabas, extranjero? Nos has puesto en
peligro ¡sigue corriendo! ¡hacia el bosque, id hacia el bosque!
A unos metros de la playa, se divisa
una zona de vegetación; nos dirigimos allí tropezándonos, cayendo… ¡Arriba! ¡corre
de nuevo! —te ordenas a ti mismo.
Tal
como nos internamos, la gente sube a los árboles más altos y se pierden con
facilidad entre el follaje. Seguramente no es la primera vez. Ayudo a subir al último de los niños; los adultos
lo agarran en volandas tal como lo alzo. Es curiosa la mente que aún en medio del
peligro, se apega a un pequeño detalle. En ese instante, reparo en un tatuaje,
una estrella, que todos, incluido el pequeño, llevan en la parte interior de la
muñeca. Ahora me extienden a mí los brazos, pero ya es tarde. Siento su aliento
en mi cuello y su respiración acelerada. Aún tengo tiempo de pensar en la justicia
natural; me lo merezco por mi torpeza, pero no quiero morir aquí. Me vuelvo lentamente para toparme con unas
fauces de color rojo oscuro que se abren húmedas ante mi rostro.
—Deja
al señor ¡vamos!
La
chiquilla de los ojos grandes continúa mirándome y un chucho está lamiendo el
objetivo de mi cámara, aún en posición de disparo.
—Adiós
señor —. La niña agita su mano en el aire. La sigo con la mirada sin entender
qué ha pasado. Da unos pasos y se gira —. Se me olvidaba, aquí tiene su
conchita —. Y al alargar la mano, la veo; lleva la misma estrella que vi en la
muñeca de aquellos que huían del calambo. Juraría que en su sonrisa infantil ha
cambiado…
—Calambo
¿Qué haces? Ven aquí, deja al hombre.
Luego ella y su perro desaparecen entre las casas y yo me quedo allí pasmado. Puede que haya sido mi cerebro que necesitaba su aporte diario de adrenalina y no quiera tomarse las vacaciones que, evidentemente, necesito. O es posible que, cuando la agencia de viajes me vendió “una isla con encanto”, la expresión fuese más literal de lo que yo pensaba…O tal vez…« ¡Mira qué gaviota en ese cielo azul, es una maravilla! —disparo y el instante queda congelado en el tiempo».
Ilustración: Isa Mantero
Música: The Encounter by Scott Buckley Under the Creative Commons ‘Attribution 4.0 International’ (CC BY 4.0) License.
—“Además,
me voy a chivar a mis padres” ¿Pues no va el chiquilín y se me planta?
—La
chavalería ya no es la que era- apunta el conserje.
—Que
no Francisco, es solo encontrarles el punto. Ese punto en que dejan de
escucharse a sí mismos para oír a los
demás. La lástima es que crecen —suspira Don Manuel mientras limpia sus gafas.
Y es que él es de esos maestros con olor a infancia; te hacen sentir la dicha
de ser único; guían sin levantar la voz
siquiera… el maestro que te guardas cuando dejas el colegio y vuelves a querer
cuando los años te enternecen.
La vida, es bien sabido, está formada por pequeños instantes; a menudo, recordamos en forma de flashes: los gestos, las escenas... El paso del tiempo toma colores y dimensiones diferentes según nuestras experiencias y modos de abordar las cosas . Cuando un fotógrafo comparte sus imágenes, nos presta su visión particular. Por un momento, miramos a través de sus ojos, aunque haya una distancia entre el tiempo y espacio en que tomó la imagen y el momento en que la observamos. Un viaje impresionante ¿No crees?
El FOTÓGRAFO
Cuando
éramos pequeñas, mi madre nos llevaba a su estudio y él nos hacía las fotos de
carnet para la matrícula del curso escolar. Era un hombre circunspecto, no
gastaba el tiempo en halagos, se centraba en hacer su trabajo. Realmente me
intimidaba.
Pero,
aunque no gastes el tiempo, éste pasa igual, así que me vi con mis propios
hijos regresando del colegio, cuando él, ya jubilado, apareció con su cámara de
fotos colgada del cuello. El fotógrafo abordó a mi hijo que, en aquel momento,
tendría unos cuatro años.
-
¿Tú me quieres hacer un favor? Mira, tienes que hacer lo que yo te voy a pedir.
Atravesamos
la carretera hacia una isleta triangular en medio del cruce. En ella, había una
plataforma elevada entre unos setos de tuyas.
—
Escóndete detrás y cuando te diga, aplaude muy fuerte.
Él
se colocó en el lado opuesto e hizo un gesto.
—¡Ahora!
Mi
hijo comenzó a batir palmas y levantó un vuelo blanco de palomas que miraba extasiado.
Cuánto daría por volver a ver esa mirada. Justo en aquel momento, Bruguera
disparó su cámara hacia aquella nube viva.
El
buen hombre, nos quiso devolver la atención y se empeñó luego en hacer una foto
familiar.
—
En una semana, podéis venir a recogerla a mi casa, donde tengo ahora mi
estudio.
Me costaba cobrarle el favor, algo sin
importancia, y no acudí. Sin embargo, me la hizo llegar a través de una
conocida común que nos identificó cuando visitó su estudio de fotografía.
Coincidí
después con él en diversas ocasiones; siempre buscando la instantánea,
incansable a pesar de los años, embutido en su mono azul.
En
una ocasión, me lo encontré en el Barrio de las Fuentes. Nos saludamos. Me dijo
que iba a fotografiar casas de fachadas antigua. Quería captar sus almas. No
pude evitar pensar que eso mismo perseguía yo en mis dibujos. Animado por un
sentimiento común me confió que las personas, a su alrededor, no siempre
entendían su ansia por atrapar el instante.
—
Sí, es verdad, es la necesidad capturar la belleza del momento y prolongarla en
el tiempo.
—
Y la fealdad también — me respondió. — Cuando este barrio no era más que un
barrizal yo le hice un reportaje. Me preguntaron por qué quería fotografiar
algo tan poco atractivo, y yo les respondí que algún día esas imágenes no
tendrían precio, y no me equivoqué. Yo fotografío mundo, porque sé que el mundo
está vivo.
Recientemente, leí en el periódico que había recibido un homenaje por su dedicación al barrio, y me sentí feliz. Aquel señor serio que me imponía se había revestido de una generosa humanidad. Él ve en los pequeños detalles, cosas que otros no alcanzan. Es un espíritu ligado al instante. Su cámara conoce a su ojo, de hecho, se comporta como una prolongación de éste; la vida cotidiana es un mar de oportunidades para atesorar, y él nos brinda su mirada. Forma parte del grupo de los afortunados que, enamorados del mundo, no siguen las reglas del tiempo.
¿Quién puede decir que no tiene ninguna manía o ritual, un modo de hacer, o una conducta repetitiva que nos aporta la seguridad de lo conocido? Algunos de ellos son herencias de nuestros mayores, otros asociaciones más o menos azarosas...Quizá, pasadas por el tamiz de nuestra mente, dejasen de tener sentido, qué piensas ¿Continuaríamos con ellas?
Este es un relato corto sobre el tema. Eugenio tiene una vida muy segura, pero a veces viene bien un revulsivo, algo inesperado que rompa. Tal vez genere nuevos hábitos, o con suerte, una apertura a la aventura.
Eugenio es como todos, gusta de la seguridad, pero hay ciertos planos de su vida en los que no le cuesta aventurarse. Una buena mañana, entra un huracán en su vida para ponerlo todo del revés.
Eugenio
sale de su casa a las siete treinta y cinco en punto; cierra las dos llaves,
baja el primer escalón y se vuelve a comprobar. Llega hasta el coche, conduce
hasta el trabajo, se apea y lo cierra. Vuelve a comprobar. El gabinete está a unos
pocos metros, pasado los jardines. A medio camino, se encuentra con Rita, de
Admisión, que mientras le pregunta por la familia, desvía la mirada al cuello
de su compañero y, con delicadeza, le extrae hacia afuera el pico de la camisa
que ha quedado bajo el jersey.
—Perfecto.
Ya te puedes marchar —sonríe y le da un toquecito sobre la ropa.
Entra
a la empresa. Avanza por el largo pasillo de mamparas de plástico. Su cubículo
se encuentra en segunda fila, en la pared de la ventana, que para eso es de los
veteranos. Cuelga la chaqueta en el perchero y se dirige a la estantería.
Allí
terminan los rituales y empieza la magia. Su creatividad vuela de un archivador
a otro, se desliza a través del cable del teléfono hasta el teniente de alcalde
y la trabajadora social y de ahí hasta el Registro de la Propiedad…todo para
que el pleito de su cliente llegue a buen puerto.
Entre
maniobra y maniobra, reorienta la foto de su madre que descansa en la
estantería de la mesa —Así, para que refleje la luz de la ventana e ilumine un
poco más.
En
el despacho de al lado, oye caer los archivadores en forma brusca, y a su
compañera Carla en una llamada, ya a viva voz, ya susurrando. Escucha como
explota una pompa de chicle y, también, soltar los tacones. Pero en su espacio,
todo está en orden.
Es
la hora del desayuno. Se coloca de nuevo la chaqueta, baja en el ascensor y
sale en dirección a la terraza del bar que está junto a los jardines.
¡Estupendo! Su mesa aún está libre. Se sienta y espera al camarero.
Por
el camino se acercan Carla y a Teo. Desde donde está, puede identificar sus
voces. Ríen sonoramente. Carla se
tropieza con el aspersor, se moja, resbala…La mesa de Eugenio para el golpe y
se desplaza.
—Perdona,
Geni.
—Por
poco.
—Casi
—contesta ella riendo —Está todo ocupado ¿no? ¿Te importa que nos sentemos
contigo?
—No,
claro, podéis sentaros.
Hablan
los tres del nuevo jefe, de un posible traslado, de un viejo pleito, de
legislaciones por salir…Pasa el camarero con un croissant.
—Tiene un aspecto increíble. Casi estoy por pasarme de la tostada a la bollería —bromea Eugenio, lanzando una mirada de complicidad que los otros secundan. Carla y Teo alzan la mano a la vez para que se acerquen a tomar nota.
—¿Qué van a tomar los señores?
—Ponga tres croissants de ésos. Esto
hay que probarlo —responde Carla despreocupada.
—No es necesario, de veras, he
desayunado —insiste Eugenio. Pero es inútil. La orden ya está en marcha.
—El sábado os venís al teatro que
estrenamos una obra y después tú invitas al café ¿Te parece?
Carla es todo
lo contrario a él. Es despistada, vive al día, no parece molestarle el
desorden, a eso se añade un atractivo cariz aventurero que Eugenio admira, pero
no querría para sí. No se atreve a contradecirla pues la deuda le incomoda y necesita
saldarla cuanto antes.
—Tendré que
faltar a paddle —piensa para sí y suspira con resignación.
Ese sábado va
al teatro. Al siguiente acompaña a Carla y a Teo a un concierto. No está nada
mal ese grupo. Y al otro, va con Teo a un senderismo por la Ruta de los Molinos.
Tiene la sensación de que en su vida ha entrado un torbellino a ponerlo todo
del revés ¡Pero está disfrutando, caramba!
Mientras, en
su despacho, todo sigue en orden aparente y sin embargo, algo ha cambiado.
Eugenio anda tarareando canciones del nuevo grupo, tamborilea con los dedos en
la mesa y hasta apila un par de archivos sobre ella. Levanta la vista y
recoloca el cristal de la fotografía para que refleje la luz de la ventana. Al
llegar a casa, se vuelve a comprobar que el coche está cerrado.
Hoy me encontré
con una amiga a la que hacía tiempo que no veía. La recordaba en su juventud,
cuando la vida era un signo de interrogación para ella, un hermoso interrogante
y la hallé madre de dos preciosos gemelos. Me dio tanta alegría volver a verla…
Ni recuerdo qué
pensé a continuación, pero la sonrisa se quedó impresa; a lo mejor me olvidé de
que la llevaba. Y he aquí, que aquel instante se dirigió a mí directamente. Un
hombre venía de frente. Un extranjero
cargado con pesadas bolsas, en las que posiblemente guardaba toda su
vida. Con seguridad, le quedaba un día duro por delante. Me miró y me comentó
—Si todo el mundo llevase esa sonrisa, seríamos más felices —verdad que sienta
bien— le contesté —. Pues me llevo esa sonrisa conmigo para que me acompañe
todo el día. —me dijo en su español con acento y siguió caminando hacia delante
sin borrar la suya de la cara.
Un momento, nada más, algo hecho sin intención, dio un instante de paz a alguien y se reflejó en mí misma. No se trata de una visión romántica de la dificultad, sino de una opción de vida, la que aquel hombre tomó, aún sin seguridad bajo los pies.
ES
SOLO PARA TUS OJOS
Esta
mañana, he cruzado el puente y he visto despuntar el sol tras las siluetas
monumentales de mi ciudad, envolviéndolas como calor encendido. Al otro lado,
la moderna Torre Pelli destacaba en la oscuridad, como encarnación de una vieja
fantasía infantil “Quiero ser más alta que la Giralda”. ¿Más alta que mi
esbelta y grácil Giralda? renegué una vez más. Pero entonces he reparado en que
la desafiante torre se había buscado una aliada, una hermosa luna blanca cuyos
reflejos cristaleaban en el agua del río. Mis ojos, asombrados como niños, han
disparado la cámara para perpetuar el momento. Sin embargo, la imagen devuelta,
ha cambiado los tonos azules y plateados por cálidos naranjas y verdes dorados,
anticipando la cercanía del astro rey. Entonces, he comprendido el mensaje: Ese
instante es “Sólo para tus ojos”
Dicen que un gesto vale más que mil palabras, y en la infancia, esto es algo especialmente cierto. Quizá sea porque en esa etapa, a menudo, nuestros actos van directos desde el corazón sin pasar por los filtros de la apariencia que con el tiempo nos impiden ver quiénes somos en esencia.
A su manera
16 de marzo de 2021Ahora lo entiendo. Mamá, con su cantinela de siempre —¿Otra vez has pintarrajeado la pared? Pues te toca limpiar— y a mitad de un suspiro, le pone en la mano un trapo húmedo. Borra la nave, la Luna, Venus, Marte…hasta que Saturno, con anillos incluidos, se volatiliza encima de mi almohada. Pero hoy que me marcho, no hay cantinela. Mi hermano dibuja con el índice, un salto imaginario en la pared desde la Luna hasta Saturno y estalla en un abrazo. Es su manera de acercarme su universo.
Hay momentos en la vida en los que sentimos que algo se nos remueve dentro, que necesitamos dar el paso y no hay vuelta atrás. Ocurre en cualquier instante y sabes que es ese.
Hoy que se viene el Año Nuevo, puede ser buena fecha para reflexionar sobre ello. Aunque, realmente, no importa cuándo siempre que no desoigas la llamada. FELIZ 2022.
Music by : Kevin MacLeod (incompetech.com) Licensed under Creative Commons: By Attribution 3.0 Zanzibar
Verdaderamente las palabras tienen poder sobre nosotros mismos y también sobre los demás. Tras cada pensamiento ( las palabras que nos decimos) hay una toma de decisiones seguida de una acción o una no acción. Pero lo que he aprendido a lo largo de la vida es que ante la duda, el corazón nunca engaña.
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Créditos Musicales: Music: Góða Nótt by Alexander Nakarada
(www.serpentsoundstudios.com) Licensed under Creative Commons BY Attribution
4.0 License http://creativecommons.org/licenses/b...
A veces, en nuestra memoria queda impreso un instante, una imagen que trae tras de sí un universo. Este fue uno de esos momentos. Hubiese usado la cámara de mi móvil, pero aquel instante no me pertenecía, salvo como observadora. Me llenó tanto que dibujé la imagen con palabras; luego, mi mente dibujó imágenes en color...La conservé.